Una página abierta para escribir en voz alta.

Un embotellamiento en el poniente de Mérida puede revelar más de una realidad.

Eran las seis de la tarde con diecisiete minutos cuando todos los carros se detuvieron en una larga fila que no se le veía término. Parecía que la ciudad estaba en pausa, en ese lado poniente donde en ese preciso momento, las urgencias de quedaban atrapadas en los automóviles.

Nadie sabía que ocurría, pero todos miraban hacia adelante esperando encontrar una respuesta entre los parabrisas. Ana que iba en un Beat con su bebe en el asiento de atrás en su sillita, llevaba ya en el embotellamiento casi 15 minutos a vuelta de rueda y cada minuto que se atrasaba la hacía estar cada vez más segura de que perdería la cita del pediatra en el IMSS. El bebé lloraba por el calor y el ruido que hacían los autos reclamando velocidad.

Delante de ella había un Volkswagen (un poco destartalado para su gusto) en el que iban dos adultos mayores, una pareja. Pensó Ana por un momento que lo que necesitaba era que pasaran los años y tal vez así la paciencia y tranquilidad que veía en esas dos personas llegaría en algún momento. Por ahora lo único que había en su vida, era caos y no solo vial.

El reloj marcó las seis con cuarenta y cinco minutos en la pantalla de una Honda CRV que iba unos lugares más adelante. La familia que la ocupaba guardaba silencio. Hasta que el conductor, un hombre de 45 años aproximadamente, habló para reclamarle a su esposa el haber tomado el camino que ella había recomendado. Los 3 niños que iban en el asiento de atrás pensaron que otra vez comenzaría una batalla entre sus padres. Sin embargo; esta vez la mujer calló, se limitó simplemente a lanzar una mirada de fastidio a su marido para después abrir la ventana e ignorarlo.

Conforme los minutos pasaban y la incertidumbre de cuánto tiempo más tendrían que quedarse atrapados en el asfalto periférico, por la premura de querer salir de una u otra forma, los carros se metían por espacios muy pequeños, o llegaban a chocar con otros solo con tal de que se movieran.

Carlos que iba en uno de los pocos carros de lujo que se veían en el embotellamiento, miraba su Rolex con desesperación. Se preguntaba una y otra vez en qué momento le había parecido buena idea meterse a periférico. Era un hecho que tendría que aplazar la cirugía, esperando que su paciente no decidiera cambiarlo por un cirujano plástico más puntual. En un ataque de furia comenzó a tocar el claxon sin parar.

Siete treinta de la noche y aun no se movía el tráfico. Las calles aledañas también se habían convertido en venas obstruidas por el caos. Entre tantas luces rojas, sonidos de claxon y gente que ya se había bajado de sus vehículos, los minutos seguían transcurriendo lento.

Fuera de los carros ya se escuchaban conversaciones y elucubraciones de que era lo que pasaba. Nadie en ese tramo lograba ver el obstáculo que impedía el libre tránsito y ninguna autoridad se había hecho presente para dar noticias.

Las teorías iban desde un accidente mortal por alguien que quiso aventurarse a cruzar la carretera, hasta una colisión masiva de autos en carambola o un movimiento policíaco para atrapar a un grande de la droga que se estaba refugiando cerca. Ocho de la noche y el bebé de Ana se había dormido; ella aprovechando el silencio inusual sacó un libro y se puso a leer, después de todo ya no se veía tan mal haber perdido la cita en el IMSS y por un momento disfrutó su paz.

De pronto un repartidor en motocicleta comenzó a sortear los automóviles entre mentadas de madre y peticiones para averiguar qué pasaba.

Poco a poco la voz fue corriendo; ocho treinta de la noche, una manifestación de habitantes de dos colonias aledañas cerraba el paso hasta que las autoridades hicieran algo.

Ambas colonias llevaban ya veinte días sin acceso a agua potable. Las denuncias se presentaron desde los primeros días, pero la situación se volvió insostenible. Las escuelas ya no podían funcionar normalmente y en los hogares comenzaban a notarse las afectaciones en la salud de los habitantes debido a la falta de higiene. Las autoridades no prestaron atención a estas colonias hasta que sus habitantes, mostrando valentía, decidieron alzar la voz.

Conforme el rumor corría entre los automóviles los pasajeros emitían comentarios desde su propia perspectiva. Unos sugerían unirse a la manifestación para que las autoridades se dieran cuenta que en realidad era un problema, otros pocos sugerían aventarles encima los carros para que de una vez por todas los dejaran pasar. Entre otros comentarios sugerían que la autoridad se los llevara presos por obstrucción al libre tránsito y unos cuantos más hablaban de organizarse para encontrar un área para ir saliendo poco a poco y dejar que los manifestantes siguieran en lo suyo, que también era su derecho.

Ana cerró el libro cuando escuchó los rumores acercarse y se imaginó lo verdaderamente trágico que sería si ella se quedara sin agua tanto tiempo en casa con un bebe pequeño. Miró hacia adelante y pensó, que después de todo, el tráfico no era lo peor que podía detener a la ciudad.

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